domingo, 13 de junio de 2021

Yo televidente en los 90 - Series animadas - # 10 Dragon Ball Z o ¿Será que Goku le gana a Superman? (Final de esta serie)

El tiempo. La percepción del tiempo. Nuestra percepción del tiempo varía con el paso del tiempo mismo. Me atrevo a afirmar que, en la percepción de mis contemporáneos, median algo así como unos ¿quince años? entre la década del 90 y este presente; ni qué decir de la primera década del milenio: una persona nacida en el 2002 —por poner una fecha— ha de tener ahora unos ¿seis años? Quizá esto solamente me pase a mí, aunque haya memes que respalden estas conjeturas temerarias. Como sea, dada la proximidad en el tiempo, en esta temporada dedicada a las series animadas de los años 90 evitaré entrar en detalles de la trama, descripciones de los personajes, etc.; en su lugar, optaré por la concisión y trataré, casi de forma exclusiva, de lo que estos programas de televisión significaron para mí en su momento, qué le revelaron al preadolescente y al adolescente de entonces, qué idearios, ilusiones o patrones de conducta alcanzaron a implantar en su mente en formación. 

# 10 DRAGON BALL Z O ¿SERÁ QUE GOKU LE GANA A SUPERMAN? (FINAL DE ESTA SERIE)


Ustedes saben mucho de Dragon Ball Z. 

Saben el verdadero significado de la 'Z' en el título de la serie.
Saben el significado de los kanjis en los uniformes.
Saben por qué razón no se le dibujó nariz al personaje クリリン.
Saben por qué hay siete esferas del dragón. 

Y muchos otros datos irrelevantes...

Como sé que ustedes saben, sé también que no están esperando que aquí se dé respuesta a la pregunta que plantea el título de esta entrega final de la serie Yo televidente en los 90 - Series animadas: ¿será que Goku le gana a Superman?

No me voy a meter en semejante frikitorneo, menos con este nivel tan Yamcha que me cargo en cuanto a daterío relacionado con la serie.

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Seguro que ya a esta altura alguien pensó: "No, pero mencionar a Yamcha como sinónimo de bajo nivel es un error, pues en este capítulo, ova, volumen de manga... dato friki, dato friki, dato friki".

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Mi propósito, como lo menciona el encabezado que va en cada capítulo de mi serie ("El tiempo, la percepción del tiempo, etc."), es intentar reconstruir lo que pensé y sentí cuando vi, originalmente, por allá en los 90, la serie animada de la que trata la entrega.

Así las cosas, puedo decir que, para mi yo de los 90 (no para este que está escribiendo), Dragon Ball Z fue la primera serie que hizo que me preguntara si su protagonista podría vencer a Superman. "¿Será que Goku le gana a Superman?", me pregunté entonces.

Como suelo decir, puede parecer poco, pero eso fue lo que Dragon Ball Z significó para mí en su momento: trascender un límite en cuanto a la forma de concebir el nivel de poder de un superhéroe.

Antes de Dragon Ball Z, mejor dicho, antes de Goku, Superman era para mí, en cuanto a poder, el superhéroe definitivo. Antes de conocer a Goku pensaba que Superman, simplemente, no tenía algo siquiera parecido a un rival.


Aclaro: he dicho que ver Dragon Ball Z me hizo preguntarme si Goku vencería a Superman; no he dicho, por otra parte, que haya resuelto este hipotético combate en favor del uno o del otro.


Algo más que cabe destacar: en ese entonces, la pregunta (¿será que Goku le gana a Superman?) surgió espontáneamente al ver semejante despliegue de poder del protagonista de Dragon Ball Z. Quiero decir que entonces no tenía Internet e ignoraba que, aun en ese tiempo, ya existían comunidades en diferentes partes del mundo cuyos adeptos debatían, como si en ello les fuera la vida, cuestiones de este orden.

Ahora recuerdo que le planteé la pregunta al compañero de bachillerato que consideraba el más "aficionado" (así decíamos entonces) a Dragon Ball Z: ¿Será que Goku le gana a Superman?...

¿Les cuento cuál fue la respuesta de mi compañero?

Está bien, les cuento, pero antes debo mencionar que, al escucharle esa respuesta, el compañero me pareció "más inteligente"* de lo que solía juzgarlo. Siempre lo consideré inteligente, pero con esa respuesta me dejó algo sorprendido y, lo confieso, alcancé a sentir algo de envidia (¿por qué no se me ocurría a mí, a mí, algo así?).

Esta fue la respuesta que mi compañero de colegio dio a la pregunta ¿será que Goku le gana a Superman?

Sí. Goku abraza a Superman para inmovilizarlo, se teletransporta al otro mundo y lo deja atrapado ahí.

¿Estoy de acuerdo con la respuesta de mi compañero de bachillerato? ¿Estoy en desacuerdo? Señores, a esta altura de mi vida ya no me hago ese tipo de preguntas insustanciales, aunque... Bueno, ¿ustedes qué dicen?...

Una cosa más: Dragon Ball Z me hizo preguntarme si, con el debido conocimiento y debido entrenamiento, sería posible hacer algo equivalente al Kamehameha en la vida real; de pronto no sacar un chorro de luz, pero, no sé, algo como un puñetazo "cargado" de una energía invisible que al menos se pudiera sentir...

Ajá, así es


¡Yo también intenté hacer un Kamehameha!

Y digo "también" porque sé que ustedes, contemporáneos, también lo intentaron.

¿Cuál fue su pelea o momento favorito de Dragon Ball Z? 

Una de mis secuencias favoritas es esa en la que Ten Shin Han, a riesgo de perder la vida por extenuación, logra detener a Cell por un corto tiempo con el nuevo Ki Ko Hu. Me encanta cuando Ten Shin Han le dice a Cell, con marcado desprecio: "¡MONSTRUO MISERABLE!".


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* En ese entonces se decía de algunas personas que eran "inteligentes", con lo que se indicaba que quienes no recibían tal calificativo probablemente no lo eran o lo eran un grado significativamente menor.

miércoles, 14 de abril de 2021

Yo televidente en los 90 - Series animadas - # 9 El siguiente programa o de lo que son capaces los colombianos

El tiempo. La percepción del tiempo. Nuestra percepción del tiempo varía con el paso del tiempo mismo. Me atrevo a afirmar que, en la percepción de mis contemporáneos, median algo así como unos ¿quince años? entre la década del 90 y este presente; ni qué decir de la primera década del milenio: una persona nacida en el 2002 —por poner una fecha— ha de tener ahora unos ¿seis años? Quizá esto solamente me pase a mí, aunque haya memes que respalden estas conjeturas temerarias. Como sea, dada la proximidad en el tiempo, en esta temporada dedicada a las series animadas de los años 90 evitaré entrar en detalles de la trama, descripciones de los personajes, etc.; en su lugar, optaré por la concisión y trataré, casi de forma exclusiva, de lo que estos programas de televisión significaron para mí en su momento, qué le revelaron al preadolescente y al adolescente de entonces, qué idearios, ilusiones o patrones de conducta alcanzaron a implantar en su mente en formación. 



# 9 EL SIGUIENTE PROGRAMA O DE LO QUE SON CAPACES LOS COLOMBIANOS

El siguiente programa me demostró —cuando ya había perdido la fe— que los colombianos eran capaces de hacer un programa de dibujos animados.

Así es: hasta ese punto de la historia del país, y de mi vida (1997), Colombia no había producido una sola serie de dibujos animados. 

La televisión, hasta ese momento de mi vida, fue tan importante para mí que incluía la producción de programas de dibujos animados como indicador de relevancia internacional de un país. De hecho, ya a esa altura, adolescente, conocía algo del proceso de producción de las series de dibujos animados y entendía que en Colombia, simplemente, no había condiciones... Ya para ese momento había perdido la esperanza de ver en pantalla un programa de dibujos animados creado por colombianos, con temas colombianos y voces colombianas; la producción de dibujos animados era algo de los países grandes, poderosos, lukeros y, sí, desarrollados (por favor, no caer en anacronismos, en ese tiempo se usaba el término 'subdesarrollo' y cierto país encajaba en todos los indicadores de esa clasificación).  


Por supuesto que hubo algo de dibujos animados hechos por colombianos en Colombia antes de 1997, cositas de menos de un minuto, algunas animaciones muy lindas: gorgojo de marca de tríplex, maguito de marca de lápices de colores, niño en el colegio que canta el jingle de las bolitas de colores de maíz-cartón. Lindas, sí, hermosas, artesanales, todo el mérito a los colombianos que, como buenos colombianos, hicieron esas animaciones "con las uñas", pero lo cierto es que ¡no eran series de dibujos animados! ¡Y yo quería ver una serie de dibujos animados, con capítulos de media hora, hecha por colombianos!   




Aunque parezca poco, eso fue lo que El siguiente programa significó para mí: la prueba de que los colombianos eran capaces de hacer un programa de dibujos animados. 

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Por favor, que nadie me vaya a salir con que hay varios argentinos en la producción de El siguiente programa; sí, los hay, pero esos ya son locales, no caigamos en semejante cerrazón, gracias. Saludos a mis amigos y amigas de Argentina: se les quiere mucho. 
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¿Y eso es todo? Sí, eso es todo lo que este programa de "dibujitos para grandes", al menos a mis ojos de adolescente, representaba por sí mismo; quiero decir que todo lo que me mantuvo cautivo como fervoroso televidente de El siguiente programa fue lo que ya me habían ofrecido sus antecesores: La tele, especialmente su primera versión de 1993, aunque también la versión en radio y la segunda versión de televisión.

¿Y qué me había ofrecido ya La Tele, qué era eso que El siguiente programa replicaba, solo que ahora en formato de serie de dibujos animados?

- Fascinación por las palabras, por la lexicografía
- La consciencia de que había veneno verbal y podía usarlo (y comencé a usarlo)
- La engañosa pero placentera sensación de ser mejor que los demás porque comenzaba a leer libros y entendía algunas referencias "cultas".
- Algunas canciones que aún considero geniales ("Qué orgulloso me siento de ser colombiano", "Campesina de la cañada")
- La procacidad (el jingle de "El Arauca vibrador" es una de sus salidas más ignominiosas) 
- Ídolos a los que consideraba brillantes, cultos, sagaces, valientes e implacables, a pesar de ser colombianos. Sí, yo quería ser como ellos, tener un poco del uno y del otro.
- Osadía (así lo veía en mi adolescencia). Dijeron 'gonorrea' en televisión cuando esta era una palabra proscrita en medios.

En fin, El siguiente programa me demostró que los colombianos eran capaces de crear y mantener por ¡92 capítulos! una serie de dibujos animados que lograba complacer tanto a mi lado intelectualoide como a mi lado gaminoide y eso, al menos por momentos, hizo feliz al desasosegado adolescente que todos los miércoles frente al televisor esperaba con ansia a que dieran las diez de la noche y se estremecía de emoción al escuchar: "Las situaciones, nombres y lugares descritos en este programa...".  

Cuenten qué significó El siguiente programa para ustedes, mis iguazos.

sábado, 13 de marzo de 2021

Microcosmos en forma de microfútbol (tercera parte - final)

Habíamos dicho en la primera parte de esta entrega que, para la fecha en que se dio la final del campeonato intercursos que vengo relatando, yo contaba con 14 años y llevaba tiempo de estar asimilado a la franja gris del salón, al punto de que había sido despojado de mi nombre, pues ese año llegó al curso otro adolescente, de nombre Andrei. Con la llegada de Andrei, entonces, mi nombre comenzó a fluctuar entre Andrew y Andrei; en el 50 % de las ocasiones éramos intercambiables. 

¡Pero yo no era Andrei, yo era Andrew! Sabía que era un gris, pero, como dice John Proctor,  protagonista de Las brujas de Salem (de sus siglas en inglés The Crucible): 

"¡DÉJENME [CONSERVAR] MI NOMBRE!".



Me molestaba que me llamaran Andrei, porque, en cierta forma, esto implicaba para mí que no veían la insoslayable diferencia entre ese poco agraciado niño campechano y el sofisticado y bello espécimen que me creía en ese (y en este) tiempo. 

De Andrei se burlaban muchos, de su acento regional, de sus dientes salidos y de su occipital un poco más pronunciado de la cuenta, de acuerdo con los estándares frenológicos implícitos en la mentalidad de unos adolescentes de la década del noventa. 

Algunos se burlaban de Andrei de frente; yo me burlaba a sus espaldas* y me daba aires de superioridad a sus expensas, pero evitaba que se diera cuenta, porque éramos aproximadamente de la misma estatura y se le veía que tenía la consabida "mano pesada" que se le atribuye a personas del departamento del país del que provenía Andrei. En mis cálculos podía perder una pelea con Andrei, y esto me habría sumido para siempre en el foso de los perdedores irredentos, de modo que opté por hacer buenas migas con Andrei, aunque siempre mantuve en mi trato hacia él algo de condescendencia. 

Aclaración: todos estos prejuicios que expongo y confieso corresponden a mi yo de 1995 y no recuerdo a un solo compañero o a una sola compañera que no los compartiera, al menos en alguna medida. Lo lamento, de ahí venimos.

¿Y qué hay con la final de microfútbol que nada que acabo de contar? ¿A qué viene tanta etnografía del clasismo y regionalismo del momento? Paciencia.

Como habíamos dicho en la primera parte de esta entrega, Andrei se incorporó al equipo de microfútbol de 9A. 

Como habíamos dicho en la segunda parte de esta entrega, el partido se fue a penaltis.

Y Andrei era el arquero de nuestro equipo...

Antes de llegar a los penaltis, recordemos las características más importantes de las dos nóminas que se enfrentaron en esta final: engreídos y adinerados de décimo vs. repitentes, drogos, provincianos y grises de 9A (mi curso). 

¿Acaso nos encaminamos hacia un final hollywoodense en que se cumplirá aquello que dice la Escritura de "y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para anular lo que es (Cor. 1:28)"? 

Primer penalti

Quiso el hado que la ejecución del primer penalti correspondiera a mi equipo; lo cobró el estudiante del que hablé en otra entrada de esta serie, a saber "El líder negativo". 

¡Gol!

Patea ahora uno de décimo: ¡gol!

Segundo penalti

Patea ahora uno de 9A: ¡Gol!

Patea ahora uno de décimo: ¡Gol! 

Tercer penalti

Patea ahora uno de 9A: ¡Gol!

Patea ahora uno de décimo: ¡Gol!

Cuarto penalti

Patea ahora uno de 9A: ¡Gol!
Patea ahora uno de décimo: ¡Gol!

¡Quinto penalti!

Patea ahora uno de 9A...

Silencio

Silencio
 
¡Gol! ¡Gol! 
¡Goooooooooooool!
¡Gooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooool!
 
Pero, un momento, no cantemos victoria, aún falta que patee el último penalti uno de los hp de décimo...

Estamos en manos de... ¿de quién?

Sí, estamos en manos de Andrei.

El coro empieza como un rumor, va in crescendo; todo 9A corea un solo nombre:

¡Andrei, Andrei, Andrei!

¡Andrei, Andrei, Andrei!

¡Andrei, Andrei, Andrei!


Miro fijamente a Andrei y, por un instante, dejo de ser Andrew... En ese instante ya no reclamo mi nombre, ya no pido que al menos me dejen conservar mi nombre, ya no más "¡LEAVE ME MY NAME!", no... En ese instante 

Yo soy Andrei
Todo 9A es Andrei


El estudiante de décimo toma impulso para cobrar el último penalti... 

El estudiante de décimo patea el último penalti... 

¡Y 9A es ahora un solo corazón que explota!

¡Ganamos! 
¡Ganamos!
¡Ganamos! 
¡Somos campeones!    

¿Logró Andrei atajar este último penalti o acaso el pobre diablo de décimo no pudo con la presión y lo erró? No pienso responder a estas preguntas...

Lo cierto es que todos los de 9A nos apresuramos a formar un círculo en nuestro abrazo. Por un instante fuimos hermanos. Saltábamos con una coordinación perfecta durante un instante de verdadera felicidad. 

Aun en el presidio el fútbol también puede ser felicidad.

Gracias, queridos compañeros, queridos hermanos.

Fin
  
* En este caso se dice "espaldas" en plural. Por favor, no se vayan a mandar hipercorrecciones, que quedan muy orto-gráficos https://twitter.com/RAEinforma/status/1044143724131946496 

miércoles, 20 de enero de 2021

Yo televidente en los 90 - Series animadas - # 8 El mundo de Bobby o "Los débiles (que miran series infantiles) deben perecer"

El tiempo. La percepción del tiempo. Nuestra percepción del tiempo varía con el paso del tiempo mismo. Me atrevo a afirmar que, en la percepción de mis contemporáneos, median algo así como unos ¿quince años? entre la década del 90 y este presente; ni qué decir de la primera década del milenio: una persona nacida en el 2002 —por poner una fecha— ha de tener ahora unos ¿seis años? Quizá esto solamente me pase a mí, aunque haya memes que respalden estas conjeturas temerarias. Como sea, dada la proximidad en el tiempo, en esta temporada dedicada a las series animadas de los años 90 evitaré entrar en detalles de la trama, descripciones de los personajes, etc.; en su lugar, optaré por la concisión y trataré, casi de forma exclusiva, de lo que estos programas de televisión significaron para mí en su momento, qué le revelaron al preadolescente y al adolescente de entonces, qué idearios, ilusiones o patrones de conducta alcanzaron a implantar en su mente en formación. 



# 8 EL MUNDO DE BOBBY O "LOS DÉBILES (QUE MIRAN SERIES INFANTILES) DEBEN PERECER"

Previously en Yo televidente en los 90 había mencionado que con Los simpson(s) descubrí (a mis 11 años) que había dibujitos que no eran para niños, de manera que ese era el tipo de serie que quería ver en adelante, porque yo, que comenzaba el bachillerato, ya no era un niño.

Pasó algún tiempo y me convertí... en un niño de 13 años... 

Sí, a esa edad me gustaban las series animadas para "grandes", pero seguía viendo algunos de los muñequitos de mi infancia que todavía transmitían y le guardaba cariño a algunos que no volvieron a transmitir.

El mundo de Bobby se comenzó a emitir en Colombia cuando contaba mis 13 años. Hasta donde sé, fue un fracaso en el país.

A mí me encantaba El mundo de Bobby, pero tuve que reservarme esta afición, pues mis contemporáneos tildaban a la serie de "infantil". Alguna vez, emocionado por algún capítulo de El mundo de Bobby, quise compartir la experiencia con mis colegas de barrio y obtuve por respuesta un categórico: "Nah, eso es para niños; es muy infantil". 

La serie, en efecto, era infantil; sin embargo, lo que mis hormonados contemporáneos querían decir con este término era algo así: un joven espécimen de macho humano que a los 13 años vea una serie "infantil" es débil y, en consecuencia, debe perecer.

Los débiles deben perecer...

Es cierto que a esa edad me encantaban las series de acción, violentas, con escenas de elaborado sadismo, pero a mi yo de 13 años también le podía gustar una serie que busca mostrar la forma en que otro niño, más pequeño, de 3 o 4 años, se representa el mundo. 

El mundo de Bobby es una serie que nos muestra el mundo a través de los ojos de su protagonista, un niño con desbordante imaginación, como la mayoría de los niños. Cada capítulo de la serie es, entonces, una aventura que se desencadena a partir de una situación cotidiana: limpiar el cuarto se convierte en una expedición a antiguas ruinas; recorrer el patio es luchar por la supervivencia en la jungla; tener un walkie-talkie equivale a contar con una estación de control de misiones espaciales, etc.

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Para quienes ya estén haciendo un inevitable paralelo con otro personaje (maravilloso personaje), aclaro que en ese tiempo no conocía a Calvin y Hobbes, de manera que El mundo de Bobby me parecía bastante original; aunque, tengo que decirlo, me recordaba otra serie de mi infancia que mencionaré un poco más adelante.

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Decía que a mi yo de 13 años le podía gustar una serie como El mundo de Bobby; no obstante, mi yo de 13 años era también un protohumano que quería encajar y cedía a la presión de grupo para asimilarse mejor a la grey. De esta forma, con el paso de los años, ya creyéndome grande, comencé a despreciar, por ejemplo, a Los cariñositos, porque mis contemporáneos los despreciaban. En resumen: comencé a despreciar toda serie que contuviera eso que llamamos "ternura", porque mis contemporáneos así lo decretaban. Este desprecio, aclaro, terminaba siendo sincero después de un tiempo, realmente me iba asimilando paulatinamente al cardumen. En fin de cuentas, era ley que los débiles debían perecer, de modo que, no solamente expresar, sino incluso sentir predilección por algo tierno era síntoma inequívoco de debilidad.

La pregunta, entonces, es: ¿por qué no ocurrió lo mismo con El mundo de Bobby, una serie que ningún conocido veía? ¿Por qué, en mi fuero interno, no se había dado completamente el ajuste a la desalmada mentalidad del joven rebaño? ¿Acaso era yo un ser excepcional que se estaba rebelando en secreto, un "despierto"? 

Creo haber dado con la respuesta mientras iba escribiendo este capítulo, y aquí me voy a permitir hablar desde el diván.

Me gustaba El mundo de Bobby porque, en líneas generales, se parece muchísimo a los Muppets babies, serie de mi infancia que se dejó de transmitir cuando aún cursaba Primaria. Probablemente, ver El mundo de Bobby me permitía mantener un vínculo con mi infancia... pero esta, ya lo sé, no es exactamente una confesión de diván.

Esta es mi confesión de diván, nacida de la ternura que me inspiraba la serie:

Creo que me gustaba El mundo de Bobby porque soy hijo único; de forma inconsciente, me representaba al protagonista como mi hermano menor.

Como se ve, no hay debilidad en la ternura.

¿Alguien vio El mundo de Bobby aunque estuviera "mayorcito" para la serie? ¿Alguna idea acerca de por qué no tuvo éxito en Colombia (de hecho, hasta donde sé, podría decirse que fue un total fracaso en el país)? 

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Yo televidente en los 90 - Series animadas - # 7 Aventuras en pañales o de la estética y la intencionalidad

El tiempo. La percepción del tiempo. Nuestra percepción del tiempo varía con el paso del tiempo mismo. Me atrevo a afirmar que, en la percepción de mis contemporáneos, median algo así como unos ¿quince años? entre la década del 90 y este presente; ni qué decir de la primera década del milenio: una persona nacida en el 2002 —por poner una fecha— ha de tener ahora unos ¿seis años? Quizá esto solamente me pase a mí, aunque haya memes que respalden estas conjeturas temerarias. Como sea, dada la proximidad en el tiempo, en esta temporada dedicada a las series animadas de los años 90 evitaré entrar en detalles de la trama, descripciones de los personajes, etc.; en su lugar, optaré por la concisión y trataré, casi de forma exclusiva, de lo que estos programas de televisión significaron para mí en su momento, qué le revelaron al preadolescente y al adolescente de entonces, qué idearios, ilusiones o patrones de conducta alcanzaron a implantar en su mente en formación. 

# 7 AVENTURAS EN PAÑALES O DE LA ESTÉTICA Y LA INTENCIONALIDAD

"¡Qué muñequitos más inmundos, qué cantidad de deformaciones: cabezas *turupientas, bocas torcidas, desproporción por doquier!".   

Algo así pensaba, dado lo limitado de mis criterios estéticos del momento (tendría entre 10 y 11 años), al ver Aventuras en pañales. 

Aventuras en pañales (nunca voy a llamar Rugrats a esta serie) me reveló algo que entonces me parecía difícil de asimilar: en la televisión a veces permitían que se transmitieran animaciones "feas". 

Con todo, quizá fue esa misma limitación en mi juicio lo que me llevó a indagar un porqué: ¿Por qué Aventuras en pañales era una serie tan fea? ¿Por qué en la televisión permitían que se transmitiera una serie tan fea?

"Los rucracks" fue como alguien en redes sociales bautizó esta foto

Como entonces no había internet, hablábamos de estas cosas entre televidentes de la misma edad. Si uno consultaba con los mayores, respondían algo como: "Pues deje de ver esos muñecos tan feos". Gracias por el esfuerzo pedagógico, queridos mayores...

Sin embargo, y esto es algo de lo que caigo en cuenta ahora, existía siempre un amiguito que tenía cierto tipo de información. Es el día de hoy y no sé de dónde la obtenía, pero creo que cada uno de ustedes recordará a ese amigo que, en el caso de Aventuras en pañales, les compartió información por este corte (aclaro que no estoy validando esta información, solamente la reseño):

 - Esos muñecos son así de deformes para volver locos a los niños 

 - La risa de Angélica es satánica

- Cynthia, la muñeca de Angélica, es satánica 

 - La serie está llena de subliminales (pero no decía en dónde ni en qué consistían)

Esa fue la única respuesta que obtuve en ese momento a mi inquietud por los valores estéticos de la serie; una respuesta que me llegó a través de un amigo del barrio de mi misma edad. 

Vuelvo a preguntar: ¿de dónde sacaba entonces un niño de 9-11 años este tipo de información?  

Con el tiempo, estas lecturas escabrosas y sensacionalistas de la serie se irían haciendo cada vez más retorcidas, pero, como lo menciono en el preliminar de cada entrada, quiero reconstruir aquí lo que viví en el momento, especialmente cuando no tenía acceso a internet, de manera que no voy a mencionar ninguna de las muchas espeluznantes lecturas (llamadas "teorías" entre los conocedores) de la serie que conocí después. Insisto: esto se trata de reconstruir lo que viví en esa era en que no tenía acceso a internet.

En resumen: Aventuras en pañales fue la primera serie que detesté por su propuesta estética y, a la vez, la primera que me hizo indagar con mayor insistencia que antes en el propósito e intencionalidad de esta dimensión en un audiovisual, aunque solo obtuve respuestas insatisfactorias o alarmistas. Por lo demás, no es que la serie me gustara de a mucho, pero —ya ven— aquí estoy dedicándole este capítulo de mi propia serie.

¿Sigo pensando que la propuesta de animación de Aventuras en pañales es "fea"? 

No. Obviamente, no.


Luego de una formación prácticamente autodidacta en lectura de la imagen, entiendo que el rasgo de la desproporción busca situarnos en el lugar del bebé o del infante, que bien podría representarse el mundo de esa manera descomunal; algo similar ocurre con la paleta de colores, que es "estridente", dado que, según dicen, los sentidos están mucho más activos a esa corta edad...

Pero, a la parte seria, la risa de Angélica sí es satánica, nadie puede negar que así la diseñaron.




¡A lo bien que sí es resatánica!

¿Cómo les fue a ustedes con la asimilación de la estética de Aventuras en pañales? ¿Los traumó la risa satánica de Angélica? ¿Tuvieron (o eran ustedes mismos) ese amigo que llegaba con información terrorífica o extravagante acerca de los "oscuros propósitos" de esta serie (tan fea) o de cualquier otra? 😋


*Llenas de turupes https://www.asihablamos.com/word/palabra/Turupe.php 


https://www.biobiochile.cl/noticias/espectaculos-y-tv/cine-y-series/2020/12/28/muere-a-los-59-anos-tuck-tucker-dibujante-de-hey-arnold-rugrats-y-bob-esponja.shtml?fbclid=IwAR2zBrqzWmSoncueS8flBpc1bp20QKNVL05Y7oS6Kh-k5ADfUj_UNMD1JDg  

sábado, 1 de agosto de 2020

Yo televidente en los 90 - Series animadas - # 6 El Capitán Planeta y la consciencia... de ser tercermundista

El tiempo. La percepción del tiempo. Nuestra percepción del tiempo varía con el paso del tiempo mismo. Me atrevo a afirmar que, en la percepción de mis contemporáneos, median algo así como unos ¿quince años? entre la década del 90 y este presente; ni qué decir de la primera década del milenio: una persona nacida en el 2002 —por poner una fecha— ha de tener ahora unos ¿seis años? Quizá esto solamente me pase a mí, aunque haya memes que respalden estas conjeturas temerarias. Como sea, dada la proximidad en el tiempo, en esta temporada dedicada a las series animadas de los años 90 evitaré entrar en detalles de la trama, descripciones de los personajes, etc.; en su lugar, optaré por la concisión y trataré, casi de forma exclusiva, de lo que estos programas de televisión significaron para mí en su momento, qué le revelaron al preadolescente y al adolescente de entonces, qué idearios, ilusiones o patrones de conducta alcanzaron a implantar en su mente en formación. 



# 6 EL CAPITÁN PLANETA Y LA CONSCIENCIA... DE SER TERCERMUNDISTA

¡Agua! ¡Tierra! ¡Fuego! ¡Viento!... 



¿Corazón?... 

¡¿Por qué al suramericano, al personaje que de alguna forma me representaba, le habían dado el poder más chichipato de todos?! ¡Ah, claro, y al gringo sí le daban el fuego, el elemento más vistoso y poderoso!



Algo así pensaba a esa edad, cuando emitieron por primera (¿y única?) vez
El Capitán Planeta. De hecho, como en la serie mencionaban que el origen del planetario con el poder del corazón era el Amazonas, yo, a mis 11 o 12 años, alcanzaba a pensar que el personaje podía ser colombiano, porque creía que el Amazonas era de Colombia en su mayor parte y que Perú y Brasil tenían solamente una pequeña franja. 

Ahora entiendo mejor la intención de quienes decidieron incluir un personaje indígena, situarlo en el Amazonas y darle el poder del corazón, la conexión con la tierra, la facultad de hablar con los animales; evidentemente, el poder del corazón no es, como lo pensaba entonces, ningún poder chichipato, de hecho, hay que reconocer que le dieron un poder interesante, incluso bello. Sin embargo, el planetario suramericano tenía poco protagonismo, como que no servía de a mucho, al menos que yo recuerde; en resumen: no habrá quién me convenza de que esa representación era innegablemente colonialista, aunque un poquito mejor disfrazada que otras de la época… 

La serie El Capitán Planeta, entonces, me terminó de revelar, esta vez en el mundo de los dibujitos, que yo era un tercermundista. ¿Por qué digo que en el mundo de los dibujitos? No sé si mis contemporáneos lo recuerden, pero en los noventa se dio una seguidilla de películas que representaban a Colombia, en especial a Bogotá, como un tierrero desértico o incluso como una selva; aparecían tomas de la selva Centroamericana y el texto de apoyatura decía: BOGOTÁ, COLOMBIA, y unos niños ayudaban a cargar una camioneta de cocaína. 


La representación que muestra el anime es reciente (esta nota es del 2022), esa nunca me tocó de niño.

Lo que quiero decir es que ese golpe de la representación con la óptica colonialista me lo habían dado antes solamente las películas, no los dibujitos (o yo no lo había advertido), pero con El Capitán Planeta resultó que hasta los dibujitos, mis amados dibujitos me decían: “Tu país, tu realidad y tú mismou son de tercera categouría”. 

Creo que alcancé a discutir esto con mi prima, mi compañera televidente, unos años mayor que yo. Me quejaba con ella de que al “colombiano” le hubieran dado un papel apenas subsidiario. ¡Incluso el africano tenía un mejor poder!, reclamaba yo. Disculpen que mencione algo así, pero a esa edad solamente conocía de África las horrorosas campañas de Unicef y, por tanto, creía que mi país (Bogotá) estaba mejor que África. (El trabajito nos lo estuvieron haciendo bastante bien, ¿no creen?) 

Mi prima, si mal no recuerdo, trató de hacerme ver que el poder del corazón era más valioso de lo que yo creía, y agregó algo como esto: “El gringo siempre arregla todo con la violencia; el indígena tiene un poder que no le hace daño a nadie... Ah, y el Amazonas no solamente queda en Colombia, ¡estudie!”. Una hermosa y profunda reflexión de una niña inteligente y sensible, sin duda... ¡pero yo lo que quería a esa edad era que le metieran candela en forma a ese repugnante Cerdonio! 

Detestaba a Cerdonio y a la Doctora Plaga, que tenía un daño genético en la piel, en la cara; me daban fastidio y, además, me parecían de lo más mediocre como villanos: "¡Oh, queremos contaminar el mar, talar árboles!". ¡No, pues qué miedo!   

La rusa… 
¡Ah, esa rubia me encantaba!...
 


Hmmm ¡Vaya colonización del espíritu! 

Por lo demás, la verdad sea dicha: la serie, aunque la veía por adicto a la televisión, me parecía bastante sosa y no me enseñó nada de ecología. Más me enseñó la traumática campaña que pasaban por ese tiempo en la televisión colombiana, la de “gota a gota el agua se agota”. Esa campaña apocalíptica, madmaxiana, hizo que a esa edad experimentara terror al contemplar la posibilidad de morir de sed; me la pasaba revisando que los grifos estuvieran bien cerrados. 

Obviamente me sé completa la canción del intro, pero no la repetiré. 

¿Qué les dejó a ustedes El Capitán Planeta? ¿De verdad les ayudó a generar algún tipo de consciencia ecológica? ¿Cuál era su planetario favorito? 

Yo televidente en los 90 - Series animadas - # 5 Caballeros del zodiaco o del poder oculto (¿refutación del determinismo?)


El tiempo. La percepción del tiempo. Nuestra percepción del tiempo varía con el paso del tiempo mismo. Me atrevo a afirmar que, en la percepción de mis contemporáneos, median algo así como unos ¿quince años? entre la década del 90 y este presente; ni qué decir de la primera década del milenio: una persona nacida en el 2002 —por poner una fecha— ha de tener ahora unos ¿seis años? Quizá esto solamente me pase a mí, aunque haya memes que respalden estas conjeturas temerarias. Como sea, dada la proximidad en el tiempo, en esta temporada dedicada a las series animadas de los años 90 evitaré entrar en detalles de la trama, descripciones de los personajes, etc.; en su lugar, optaré por la concisión y trataré, casi de forma exclusiva, de lo que estos programas de televisión significaron para mí en su momento, qué le revelaron al preadolescente y al adolescente de entonces, qué idearios, ilusiones o patrones de conducta alcanzaron a implantar en su mente en formación.




# 5 CABALLEROS DEL ZODIACO O DEL PODER OCULTO (¿REFUTACIÓN DEL DETERMINISMO?)


El intro de Caballeros del zodiaco me reveló que las diferencias entre el español relevante (americano) y su variante peninsular eran mayores de lo que suponía. ¿O acaso pueden ustedes afirmar que entendían completamente la canción del intro, cantada por españoles?

Por ejemplo:

♪♫Caballeros del θodiaco*
Cuando lanθan sus ataques,
Entonando cantan su canθión,
La canθión de los…(?)♪♫ 

¿La canθión de los… de los qué…? Favor responder en campo de comentarios qué escuchaban ustedes, contemporáneos, a sus 12 o 13 años (no se pasen de vivos diciendo que ya a esa edad lo entendían todo). 

De forma menos reduccionista, diré que la serie me reveló nuevos poderes de los héroes: si no estoy mal, fue la primera vez que una serie animada me reveló el poder del “cosmo” (que después conoceríamos como “chi” o “ki” en otro animé). En ese momento pensaba que el “cosmo” era un invento de los dibujos animados, pues no conocía gran cosa de Oriente, es decir, no sabía que en las tradiciones milenarias se hablaba de esta fuerza vital. 

Caballeros del zodiaco me llevó a intentar alguna vez, a esa edad (repito, a esa edad), lanzar mi propio “meteoro de Pegaso” o algún ataque similar, a ver si de pronto “me salía”, pero no; como era de esperarse, no pasó ni mierda por más intención que hubiera de mi parte… (Alguna vez, a eso de los ocho años, un compañero me confesó que, inspirado en Manimal, había intentado transformarse en animal, cosa que también hice yo; quiero decir que también lo intenté, no que me hubiera transformado en águila o pantera... Bueno, digamos que, como a todos, me transformaron en animal doméstico, en un hamster en la rueda, pero eso es otro asunto...). 

Años después, en conversaciones sobre series animadas con compañeros de la universidad, se habló del subtexto gay de Caballeros del zodiaco y, en especial, de que la pelea entre Shun ("Cadena de Andrómeda") y Piscis era —no son mis palabras— una “pelea de locas”, y esto, en el momento, implicaba subestimar a los dos personajes. No me atreví entonces a declarar lo que sigue: 

Declaro que a mis 12 o 13 años jamás vi algo gay en Caballeros del zodiaco y que, de hecho, esa pelea fue una sorpresa para mí porque me reveló que Shun, que poco participaba en la matazón, que me parecía un debilucho (eso sí), tenía en realidad un gran poder oculto para darse en la jeta con otros. Mejor dicho, esa pelea con Piscis hizo que le cogiera respetico a Shun, porque a mí lo que me gustaba a esa edad eran los ataques extremadamente violentos o sádicos (Ikki, su hermano, era el sádico par excellence), y resultaba que, hasta antes de esa pelea, Shun era solamente el que se metía cuando no había de otra o el “sanador”. No sé si lo recuerden, pero Shun se quedó como diez capítulos en la tarea de revivir al Cisne con el calor de su cosmo, en lugar de ponerse a repartir lata a diestra y siniestra. Entonces, como con Piscis se cascaron de lo lindo y creo que Shun lo iba dando de baja, dije yo: “Ah, entonces el mancito sí tiene con qué pelear”. 



La idea de Caballeros del zodiaco, al menos la idea que en ese tiempo me interesó, era, en síntesis, la del poder oculto. Cualquier personaje, dadas unas condiciones, podía desplegar un poder superior al que dictaban su rango, el metal de su armadura, su condición de simple mortal arrojado sin su consentimiento a la existencia sin sentido en un mundo que se autofagocita incesantemente. Ahora, al verlo así, advierto que lo que me atraía, sin que fuera completamente consciente de ello, era la refutación implícita del determinismo que planteaba la serie. El único problemita era que el hp determinismo seguía operando en la vida real: definitivamente no iba a poder romperle la jeta al matoncito del salón, tal y como se lo merecía, por más que intentara concentrar mi cosmo. 


Ah, y nunca vi a Seiya usar la bendita armadura de Sagitario ni lanzar la flecha dorada. ¿Ustedes sí?

Algo más: cuenten cuál fue su pelea favorita. La mía fue tal vez la de Cáncer y el Dragón.

*Este signo θ se lee como la ‘zeta’ en la variante peninsular.

Yo televidente en los 90 - Series animadas - # 4 Eek, el gato y la necesidad de aprobación


El tiempo. La percepción del tiempo. Nuestra percepción del tiempo varía con el paso del tiempo mismo. Me atrevo a afirmar que, en la percepción de mis contemporáneos, median algo así como unos ¿quince años? entre la década del 90 y este presente; ni qué decir de la primera década del milenio: una persona nacida en el 2002 —por poner una fecha— ha de tener ahora unos ¿seis años? Quizá esto solamente me pase a mí, aunque haya memes que respalden estas conjeturas temerarias. Como sea, dada la proximidad en el tiempo, en esta temporada dedicada a las series animadas de los años 90 evitaré entrar en detalles de la trama, descripciones de los personajes, etc.; en su lugar, optaré por la concisión y trataré, casi de forma exclusiva, de lo que estos programas de televisión significaron para mí en su momento, qué le revelaron al preadolescente y al adolescente de entonces, qué idearios, ilusiones o patrones de conducta alcanzaron a implantar en su mente en formación. 


# 4 EEK, EL GATO Y LA NECESIDAD DE APROBACIÓN


En su momento, Eek, el gato sumó una dimensión a las conversaciones que tenía con mis compañeros de colegio sobre series animadas: la apreciación estética. 

En la incesante tertulia que sostuve con dos compañeros durante séptimo y octavo, no bastaba con exaltar los eventos de un capítulo de la serie, sino que se debía comentar algo de la técnica de los dibujantes, de los sonidos incidentales, etc. Por ese entonces los tres dibujábamos incansablemente, así que, en cierta forma, hacíamos las veces de evaluadores de los “colegas” que dibujaban a Eek. 

Uno de mis contertulios sabía mucho más de dibujo, lo estudiaba por su cuenta o quizá había tomado cursos (pero eso, lo descubro ahora, prefería mantenerlo en secreto); era él quien conducía la charla y hacía comentarios mucho más elaborados que los míos y los del otro compañero. Por mi parte, fingía ser entendido en el tema, “estar a la altura”, pero no tenía ni puta idea de lo que decía; a mí me gustaba dibujar, aunque nada me saliera como lo concebía en mi mente, todo me resultaba emborronado, “sucio”, feíto, con una línea ultrarreteñida. 

El caso es que Eek, el gato, no era del agrado de la mayoría de nuestros compañeros, de manera que, pese a que yo solamente me mantenía en la fachada, ver y apreciar una serie tan extravagante como esta nos lo parecía entonces, nos permitía darnos aires de sofisticación. En fin, algo como un “protohipsterismo”. 

A mí me gustaba la serie, pero por su modo particular de ser violenta; tenía mucho de alucinante y surrealista, a la par que buscaba complacer cierto sadismo del preadolescente. En ese entonces quería hablar de esos momentos violentos, celebrarlos, decir “ahí se dieron garra”, en lugar de fijarme, por ejemplo, en el desmesurado agudo de la guitarra eléctrica del intro de la serie. ¡No, pues, hasta sabe de música el picado este! Pero ya se había instalado un código en la tertulia y yo pertenecía a ese club, de modo que cada vez que veía un capítulo tenía que fijarme y tomar nota para comentar algo "interesante" al otro día. Esto, lo confieso décadas después, amargó un poco mi experiencia de la serie. 

Paradójicamente, la serie trataba de un personaje que era inmune a la necesidad de aprobación; Eek siempre presentaba con inexplicable orgullo la foto de su novia Anabel al primer desconocido que se le atravesara, y no se inmutaba cuando le respondían invariablemente (con total displicencia): “Ella es tan… tan… tan… ¡gorda!”. En síntesis: no aprendí nada de Eek. 

¿Veían ustedes Eek, el gato? ¿Tenían compañeros que ya desde esa edad pintaban para intelectualoides (o eran ustedes mismos)? ¿Había alguna serie que ustedes veían a esa edad y que creían los diferenciaba de la “plebe”?

Yo televidente en los 90 - Series animadas - # 3 El conde Pátula: humor negro y humor invisible en los muñequitos


El tiempo. La percepción del tiempo. Nuestra percepción del tiempo varía con el paso del tiempo mismo. Me atrevo a afirmar que, en la percepción de mis contemporáneos, median algo así como unos ¿quince años? entre la década del 90 y este presente; ni qué decir de la primera década del milenio: una persona nacida en el 2002 —por poner una fecha— ha de tener ahora unos ¿seis años? Quizá esto solamente me pase a mí, aunque haya memes que respalden estas conjeturas temerarias. Como sea, dada la proximidad en el tiempo, en esta temporada dedicada a las series animadas de los años 90 evitaré entrar en detalles de la trama, descripciones de los personajes, etc.; en su lugar, optaré por la concisión y trataré, casi de forma exclusiva, de lo que estos programas de televisión significaron para mí en su momento, qué le revelaron al preadolescente y al adolescente de entonces, qué idearios, ilusiones o patrones de conducta alcanzaron a implantar en su mente en formación.



# 3 EL CONDE PÁTULA: HUMOR NEGRO Y HUMOR INVISIBLE EN LOS MUÑEQUITOS

El Conde Pátula me mostró que el humor negro también tenía lugar en los muñequitos.

Recuerdo que Igor, el mayordomo, cada tanto instigaba a su amo a entregarse a la crueldad; el tono de sádica fruición en su voz se me quedó grabado: “Amo, ¿le apetece torturar a alguien en el sótano del castillo?”. “¡Por favor, Igor!”, respondía Pátula, asqueado.

Pasados muchos, muchos años, caí en cuenta de que Igor es un buitre. Tal vez es uno de los personajes más ladinos de las series animadas de entonces. Me encantaba Igor.

La serie, hasta donde recuerdo, es bastante inconsistente, y parece que en televisión nacional pasaron los mismos diez capítulos por unos dos años. 

La voz del narrador es insuperable en el intro, pero también en el preámbulo de cada capítulo, lo mismo que en ese estremecedor cierre: “Y recuerden: sonrííííaan” (Carcajada macabra). 

El carácter extremadamente sobreprotector de Nana me parecía exasperante en ese tiempo; ahora me inspira ternura. 

Nunca entendí los chistes de los personajes del reloj; creo ahora que la tarea de doblaje de esa parte es bastante difícil. Los encargados hicieron lo mejor que pudieron y, de seguro, en su original los chistes han de ser tan flojos como en su versión en doblaje latino. De esta manera, digamos que El Conde Pátula también exploraba el humor invisible, porque por ninguna parte se le veía lo chistoso a esa escena del reloj, si bien tiene su papel en la estructura narrativa del capítulo. 

Me gustaba la animación de los créditos, especialmente la canción: ♪♫Si tus huesos… y tus dientes… Tiene algo que ver con ¡Pátula!♪♫; sin embargo, la parte de la animación en que salen una especie de gusanos de la cabeza de alguien (♪♫…y pierdes la razón♪♫) francamente me resultaba perturbadora; de hecho, desviaba la mirada en esa parte. 

El Conde Pátula me mostró a esa edad que la historia del vampiro, tan fija en sus convenciones, podía explorarse con gran libertad (pero con esto, aclaro, no le otorgo ningún aval a Crepúsculo): un pato-vampiro vegetariano que vive en un castillo que es una máquina del tiempo. Al final es cierto que ♪♫no hay un vampiro igual al Conde ¡Pátula!♪♫ 

¿Encontraron algún hilo narrativo en El Conde Pátula? ¿Esperaban el nuevo capítulo para saber qué pasaba o simplemente se tropezaban con algún capítulo y lo veían? ¿Se atreve alguien, sin youtubiar, a compartirnos de memoria una transcripción de ese fascinante intro (“El castillo Pátula ha albergado durante varios siglos…”)? 

Yo televidente en los 90 - Series animadas - # 2 Supercampeones: dramaturgia en la cancha. El nacimiento de la parodia

El tiempo. La percepción del tiempo. Nuestra percepción del tiempo varía con el paso del tiempo mismo. Me atrevo a afirmar que, en la percepción de mis contemporáneos, median algo así como unos ¿quince años? entre la década del 90 y este presente; ni qué decir de la primera década del milenio: una persona nacida en el 2002 —por poner una fecha— ha de tener ahora unos ¿seis años? Quizá esto solamente me pase a mí, aunque haya memes que respalden estas conjeturas temerarias. Como sea, dada la proximidad en el tiempo, en esta temporada dedicada a las series animadas de los años 90 evitaré entrar en detalles de la trama, descripciones de los personajes, etc.; en su lugar, optaré por la concisión y trataré, casi de forma exclusiva, de lo que estos programas de televisión significaron para mí en su momento, qué le revelaron al preadolescente y al adolescente de entonces, qué idearios, ilusiones o patrones de conducta alcanzaron a implantar en su mente en formación. 




# 2 SUPERCAMPEONES: DRAMATURGIA EN LA CANCHA. EL NACIMIENTO DE LA PARODIA

Supercampeones = fiebre de fútbol. 

Después de ver un capítulo me gustaba aun más jugar fútbol en las zonas verdes del barrio. Sí, yo jugué fútbol durante toda mi infancia; nunca fui a una escuela de fútbol. No, no era un tronco; jugaba bien en el pasto, pero cuando, a los ocho años (aún no transmitían la serie), me pasé al micro fui un absoluto desastre, estuve en la formación del peor equipo de microfútbol de la historia, perdimos todos los partidos, excepto uno que empatamos con el otro colero del campeonato. Me puse en la barrera una vez y me dieron un taponazo tan bravo en la parte posterior del muslo (hasta se me salió una lagrimita) con esa esfera de basalto a la que llaman ‘balón’, que como que me acuerdo y todavía me duele. 

En su momento cúspide, Supercampeones transformó el sentido de la cancha del barrio, que pasó de ser escenario deportivo a convertirse en escenario dramático; en algún momento alguien (muchas veces yo mismo) se daba a improvisar, en medio de cualquier partido de fútbol, una escena de la serie, pero en ocasiones esta representación tenía un propósito distinto del de imitar las hazañas deportivas de los protagonistas. 


Supercampeones exacerbaba la pasión por el fútbol, sí, pero también generaba algo de rencor, la sensación de ser víctimas de un timo. ¡Todo un capítulo para que alguien hiciera un pase! A tal punto llegó a disgustarme este rasgo de la serie, que, hasta donde recuerdo, fue la primera que parodié. No dejaba de verla, pero en la cancha del barrio me “vengaba” con una parodia. El asunto se daba más o menos así: 

Pedía a uno de los gandules con los que jugaba que hiciera un centro. Corría en dirección de la pelota con la supuesta intención de conectarla con la cabeza, daba un salto con el mentón en alto, los brazos proyectados hacia atrás de forma exagerada y, aunque saltaba y caía al segundo siguiente (la pelota seguía de largo), me mantenía en esa posición, con un pie elevado (simulaba que seguía en el aire), mientras decía con voz melodramática: “Recuerdo mi lejana infancia cuando entrenaba en la nieve. Tuve que dejar a mis padres. Cuando tenía tres años me regalaron mi primer balón de fútbol. Seguiré recordando uno a uno los años de mi lejana infancia: cuando tenía cuatro años…”. 



Otra escena de parodia: cuando llegaba el momento de patear al arco intentaba imitar la posición imposible de Oliver (cuerpo inclinado hacia adelante, brazos abiertos hacia atrás, se arqueaba el cuerpo, la pierna que patea completamente hacia atrás, en lo posible que sobresaliera el talón por encima de la cabeza) y me quedaba así (trastabillando, porque es muy difícil sostenerse en esa posición); con el portero, que ya sabía la rutina, sosteníamos este diálogo de monosílabos, con melodramática entonación: 

—¡Oliver!
—¡Benji!
—¡Oliver!
—¡Benji!
—¡Oliver!
—¡Benji!... 


Así, hasta que los demás rapaces se cansaban y nos pedían que nos dejáramos de joder, que ya no era chistoso. 


Por supuesto que no todo se quedaba en parodia; también intentábamos recrear, sin éxito, alguna de las jugadas, como catapultarnos para dar una bolea, etc. 

Nunca terminé de ver Supercampeones, y sé que ustedes tampoco lo hicieron. 

¡Steve Hyuga era pobre y amaba a sus padres! 😭 #elviruseselcapitalismo 


Al igual que nuestras vidas, todo fue una vana ilusión, una ensoñación de Oliver en estado de coma, porque no lo salvó la Virgen de Guadalupe, ¿o sí? (https://www.youtube.com/watch?v=t31yLIAYilg). (Aquí se esclarece un poco el misterio: https://youtu.be/vnvgrfbcjbo)

¿Cuál era su personaje preferido de la serie? ¿Qué tanta paciencia le tuvieron? ¿Hacían ustedes parodias semejantes?
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