sábado, 13 de marzo de 2021

Microcosmos en forma de microfútbol (tercera parte - final)

Habíamos dicho en la primera parte de esta entrega que, para la fecha en que se dio la final del campeonato intercursos que vengo relatando, yo contaba con 14 años y llevaba tiempo de estar asimilado a la franja gris del salón, al punto de que había sido despojado de mi nombre, pues ese año llegó al curso otro adolescente, de nombre Andrei. Con la llegada de Andrei, entonces, mi nombre comenzó a fluctuar entre Andrew y Andrei; en el 50 % de las ocasiones éramos intercambiables. 

¡Pero yo no era Andrei, yo era Andrew! Sabía que era un gris, pero, como dice John Proctor,  protagonista de Las brujas de Salem (de sus siglas en inglés The Crucible): 

"¡DÉJENME [CONSERVAR] MI NOMBRE!".



Me molestaba que me llamaran Andrei, porque, en cierta forma, esto implicaba para mí que no veían la insoslayable diferencia entre ese poco agraciado niño campechano y el sofisticado y bello espécimen que me creía en ese (y en este) tiempo. 

De Andrei se burlaban muchos, de su acento regional, de sus dientes salidos y de su occipital un poco más pronunciado de la cuenta, de acuerdo con los estándares frenológicos implícitos en la mentalidad de unos adolescentes de la década del noventa. 

Algunos se burlaban de Andrei de frente; yo me burlaba a sus espaldas* y me daba aires de superioridad a sus expensas, pero evitaba que se diera cuenta, porque éramos aproximadamente de la misma estatura y se le veía que tenía la consabida "mano pesada" que se le atribuye a personas del departamento del país del que provenía Andrei. En mis cálculos podía perder una pelea con Andrei, y esto me habría sumido para siempre en el foso de los perdedores irredentos, de modo que opté por hacer buenas migas con Andrei, aunque siempre mantuve en mi trato hacia él algo de condescendencia. 

Aclaración: todos estos prejuicios que expongo y confieso corresponden a mi yo de 1995 y no recuerdo a un solo compañero o a una sola compañera que no los compartiera, al menos en alguna medida. Lo lamento, de ahí venimos.

¿Y qué hay con la final de microfútbol que nada que acabo de contar? ¿A qué viene tanta etnografía del clasismo y regionalismo del momento? Paciencia.

Como habíamos dicho en la primera parte de esta entrega, Andrei se incorporó al equipo de microfútbol de 9A. 

Como habíamos dicho en la segunda parte de esta entrega, el partido se fue a penaltis.

Y Andrei era el arquero de nuestro equipo...

Antes de llegar a los penaltis, recordemos las características más importantes de las dos nóminas que se enfrentaron en esta final: engreídos y adinerados de décimo vs. repitentes, drogos, provincianos y grises de 9A (mi curso). 

¿Acaso nos encaminamos hacia un final hollywoodense en que se cumplirá aquello que dice la Escritura de "y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para anular lo que es (Cor. 1:28)"? 

Primer penalti

Quiso el hado que la ejecución del primer penalti correspondiera a mi equipo; lo cobró el estudiante del que hablé en otra entrada de esta serie, a saber "El líder negativo". 

¡Gol!

Patea ahora uno de décimo: ¡gol!

Segundo penalti

Patea ahora uno de 9A: ¡Gol!

Patea ahora uno de décimo: ¡Gol! 

Tercer penalti

Patea ahora uno de 9A: ¡Gol!

Patea ahora uno de décimo: ¡Gol!

Cuarto penalti

Patea ahora uno de 9A: ¡Gol!
Patea ahora uno de décimo: ¡Gol!

¡Quinto penalti!

Patea ahora uno de 9A...

Silencio

Silencio
 
¡Gol! ¡Gol! 
¡Goooooooooooool!
¡Gooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooool!
 
Pero, un momento, no cantemos victoria, aún falta que patee el último penalti uno de los hp de décimo...

Estamos en manos de... ¿de quién?

Sí, estamos en manos de Andrei.

El coro empieza como un rumor, va in crescendo; todo 9A corea un solo nombre:

¡Andrei, Andrei, Andrei!

¡Andrei, Andrei, Andrei!

¡Andrei, Andrei, Andrei!


Miro fijamente a Andrei y, por un instante, dejo de ser Andrew... En ese instante ya no reclamo mi nombre, ya no pido que al menos me dejen conservar mi nombre, ya no más "¡LEAVE ME MY NAME!", no... En ese instante 

Yo soy Andrei
Todo 9A es Andrei


El estudiante de décimo toma impulso para cobrar el último penalti... 

El estudiante de décimo patea el último penalti... 

¡Y 9A es ahora un solo corazón que explota!

¡Ganamos! 
¡Ganamos!
¡Ganamos! 
¡Somos campeones!    

¿Logró Andrei atajar este último penalti o acaso el pobre diablo de décimo no pudo con la presión y lo erró? No pienso responder a estas preguntas...

Lo cierto es que todos los de 9A nos apresuramos a formar un círculo en nuestro abrazo. Por un instante fuimos hermanos. Saltábamos con una coordinación perfecta durante un instante de verdadera felicidad. 

Aun en el presidio el fútbol también puede ser felicidad.

Gracias, queridos compañeros, queridos hermanos.

Fin
  
* En este caso se dice "espaldas" en plural. Por favor, no se vayan a mandar hipercorrecciones, que quedan muy orto-gráficos https://twitter.com/RAEinforma/status/1044143724131946496 

domingo, 7 de marzo de 2021

Así lo escuché en el presidio escolar # 1 La muerte de Bruce Lee


 
Proemio

Tanto en esta serie, Recuerdos del presidio escolar, como en Yo televidente, me he propuesto hacer un relato a manera de reconstrucción de lo que viví en esa era sin internet al alcance del vulgo tercermundista que fue mi infancia. Por ese tiempo las leyendas urbanas, rumores, noticias falsas y todo tipo de paparruchas circulaban exclusivamente como tradición oral, con su inevitable efecto de teléfono roto, sin contar los matices y giros creativos que podía aportarle la desbordada imaginación infantil.

En Así lo escuché en el presidio escolar (sección que inauguro hoy, 7 de marzo del 2021), presentaré, con la mayor fidelidad posible, algunos de esos relatos que me llegaron vía tradición oral por cuenta de algún compañero recluso de la escuela.

Hace poco caí en cuenta de que, en la era sin internet al alcance del vulgo que fue mi infancia, siempre hubo por ahí algún compañero del presidio escolar que tenía información que no circulaba ni en televisión ni en libros ni en las revistas más conocidas; se trataba principalmente de información sobre el lado oscuro de alguna serie de televisión, leyendas urbanas e incluso información por el corte de lo que las mentes más brillantes de toda la historia humana llamarían después, despectivamente, "teoría de la conspiración" (
¿alguien me puede responder, por favor, de dónde rayos sacaba esa información aquel compañero del presidio escolar o del barrio?).

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Y es que, nota aparte, hay que ser totalmente imbécil para creer que existe algún tipo de conspiración en alguna parte del mundo. ¡Oh, pero qué estúpidos son todos los estúpidos conspiracionistas estúpidos! Menos mal que los inteligentes estamos aquí para salvaguardar la verdad certificada por la academia, que es tan imparcial y que no está llena de ganapanes que le hacen el juego al poder y al mejor postor...
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En el presente me alcanza a producir un cierto estremecimiento recordar la absoluta convicción con que ese compañero nos compartía su versión sobre algún acontecimiento que pudiera ser de nuestro interés; de hecho, no fueron pocos los casos en que ese compañero aportaba detalles que, dentro de las posibilidades que teníamos entonces, daban cierta solidez a su relato, al punto de que vi cómo algunos escépticos cambiaban de parecer.

Creo ahora, y poco temo equivocarme, que  la mayoría de los niños son mitómanos; por esta razón, advierto que el relato que viene a continuación no ha sido verificado, sino que...


Así lo escuché en el presidio escolar # 1 La muerte de Bruce Lee

En tercero de primaria tenía ocho años. No sabía muy bien quién era Bruce Lee, pero había visto un par de escenas de sus películas, que entonces se me hicieron caóticas y un tanto difíciles de ver porque había algo de sangre en ellas; en ese tiempo, ya lo he dicho más de una vez, me encantaba la violencia, pero siempre que se presentara en un formato "limpio", pues ver cortadas y sangre me alteraba, por un instante me hacía proyectar sobre mí mismo ese tipo de dolor agudo y frío que viene con la herida por objeto filoso, 'cortopunzante' que llaman en la jerga forense.


El caso es que un compañero con el que hablaba en los descansos, cuyo rostro y nombre no puedo recuperar de los archivos de mi memoria, probablemente sin venir a cuento, comenzó a contarme lo que él "sabía" sobre la muerte de Bruce Lee, más o menos así (van en púrpura palabras o frases que creo recordar textualmente):

Bruce Lee entrenaba mucho.
De hecho, Bruce Lee entrenaba todos los días.
Es malo entrenar todos los días. 
¿Me preguntas por qué es malo entrenar todos los días? 
Te respondo, compañero: es malo entrenar todos los días porque eso quema los músculos. ¿Has visto que los músculos de Bruce Lee no son grandes como los de Suatsenéguer, sino que el tipo es marcado pero flaco? Es porque Bruce Lee se quemó los músculos por entrenar todos los días.
Bruce Lee era un enfermo del entrenamiento y lo llevó tan lejos que...

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Lean bien lo que sigue, que ahí se pone bueno, pero tengan en cuenta que solamente estoy parafraseando lo que me dijo a mis ocho años otro niño de ocho años...
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Tenía una especie de reja electrificada.
Bruce Lee se agarraba de esta "reja electrificada" y recibía descargas eléctricas, porque eso le ayudaba a ser más fuerte (?). 
Bruce Lee se fue acostumbrando poco a poco a recibir una mayor descarga...

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¿Pueden anticipar ya el final de este relato?
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Un día, Bruce Lee se expuso por demasiado tiempo a la descarga eléctrica, se quedó pegado a la reja y se electrocutó. 

Y esa fue la verdadera causa de la muerte de Bruce Lee. 💀 

🤷🤷🤷

Así lo escuché en el presidio escolar. 🔒


¿A qué edad escucharon por primera vez, por boca de quién, alguna versión de la muerte de Bruce Lee? Por favor compartan el relato, con detalles.

lunes, 17 de agosto de 2020

Microcosmos en forma de microfútbol (segunda parte)

 

Nota preliminar: no me enorgullezco de los eventos que se narran a continuación, pero la crónica es verídica. Valga recordar que esta serie lleva por título Recuerdos del presidio escolar y que ya se mencionó en otra entrega el experimento de Stanford. 


Habíamos dicho en la pasada entrega que en el Sur el microfútbol también es El Fútbol, y con él vienen…


Las barras bravas

La barra de nuestros rivales, los picados de Décimo, tenía, por allá en los años noventa, una idea mucho más clara que nosotros acerca de que la batalla en el fútbol se libra en dos frentes: la cancha y la tribuna. Los verracos tenían mucho más mundo que nosotros. Llegaron “armados” con tambores, vuvuzelas y cánticos ensayados; nos cogieron, pues, mancados (término de la época que indicaba carencia de patecabra de rigor para defensa personal), en apariencia llevábamos las de perder en la batalla de barras porque solamente teníamos nuestras voces, las palmas y el trillado “¡Con e, con e, con entusiasmo!”. 

Llevábamos las de perder en apariencia y nos sentíamos algo intimidados, pero lo que ni la barra enemiga ni nosotros mismos sabíamos hasta ese punto era que de nuestro lado contábamos con un arma secreta… 


El paisa

No tengo que decir de qué equipo era hincha El paisa. Lo que cuenta para la historia es que este compañero de 9A tenía sobrada experiencia en matoneo de colegio y de estadio. Nos recomendó que dejáramos que la barra enemiga mostrara sus mejores armas, que hiciera su bochinche hasta que decayera. Luego, El paisa puso en marcha su estrategia devastadora: seleccionar víctimas y atacarlas de forma personalizada. Pronto identificó uno a uno a los líderes de la barra enemiga, los fijó en su mira y, llegado el momento oportuno, nos pidió que lo acompañáramos con diferentes cánticos de su inspiración. No eran cánticos ingeniosos, pero, a juzgar por su efecto, fueron completamente certeros.

Que dentro de la barra enemiga había una pelirroja; canten conmigo:

“¡Está rabona la pelirroja, está rabona la pelirroja!” 

Los mismos compañeros de la pelirroja se rieron. Algo nos dijeron de vuelta, pero no surtió efecto alguno; hay que decir que los pobres no tenían tan mala sangre. 

Al paisa le pareció que aún faltaba un poco más para terminar de despacharse a la pelirroja, así que prosiguió, y nosotros con él: 

“¡Teñida, teñida, teñida!”

La “teñida”, la pelirroja, se retiró de la barra y fue a quejarse con los profesores de nuestra falta de fair play. 

Mientras la pelirroja se ausentó, tomó su lugar una chica que fascinaba a más de uno en el colegio. Esta chica tenía como particularidad que su voz era ronca; esta condición puede ser causada por pólipos, nódulos o granulomas en las cuerdas vocales, según mi búsqueda de dos minutos en google. Bajo su comando la barra de Décimo intentó ripostar, pero sin éxito; acaso nos gritaban que éramos “infantiles” o que no teníamos creatividad. La nueva líder de la barra de Décimo ahora gritaba exaltada; El paisa se regodeaba en su malevolencia: los había "descolocado". Y, así, esta chica, que era el amor platónico de más de uno de los que estábamos de este lado, fue víctima de un nuevo embate de nuestra barra, pues la guerra es la guerra: 

“¡Voz de tarro, voz de tarro!”

Los profesores no tardaron en intervenir, que por favor, muchachos, que no lleven esto al plano personal, que estamos en una competencia sana… Supimos que habíamos ganado la guerra, rastreramente, sí, pero la habíamos ganado. 

¿Y qué pasaba entretanto en la cancha, con el balón? Se mantenía el empate. De hecho, el empate se mantuvo hasta su definición por penaltis, nuestros muchachos de 9A jugaban muy bien; empatar ya era ganar, pues no recaía sobre ellos la carga de vencer a los “chiquitos”. 


Continuará...

miércoles, 5 de agosto de 2020

Microcosmos en forma de microfútbol (primera parte)




¡Olé, olé, olé, 
Olé, olé, olé, olá!
¡Olé, olé, olé,
Cada día te quiero más!
¡Soy [insertar nacionalidad],
es un sentimiento,
no puedo parar!


Templo es el estadio, feligresía los hinchas y coro ritual el estremecedor cántico al unísono. Imposible negar que hay aquí algo numinoso.


Mas ¿es el fútbol alegoría, incluso apología, de la guerra? Sí. ¿De la violación? Probablemente. ¿Promotor de violencia? Sin duda alguna. ¿Una mafia? Una mafia. ¿Cortina de humo? Cortina de humo. ¿Popular porque la estupidez es popular? Rara avis es inteligencia, fricción a contrapelo. ¿Es el opio del pueblo? Conviene mantener drogada a la población (esto lo tenemos completamente claro en la CIA; es cosa de manual).


Con todo, el fútbol puede disociarse de El Fútbol, al menos en grados. Fútbol en el campo de concentración, carceleros contra reos, máximo despliegue del poder, el cazador juega con su presa, le da esperanza. Juego macabro. Aun así, el último, quizá el único resquicio donde brilla un destello de eso que creemos es la justicia: once contra once. Once vencidos que, por una vez, podrían vencer al verdugo, encarnado en otros once, esta vez verdaderamente de carne y hueso.


Otra prueba: supe, por cuenta de un gran amigo, que en las divisiones inferiores del fútbol argentino existió un equipo que llevaba por nombre Mártires de Chicago. Mártires de Chicago… Se me aguó el ojo. 😢


El fútbol, entonces, puede dejar de ser El Fútbol, para convertirse, por ejemplo, en el campeonato intercursos de microfútbol de un colegio privado de medio pelo, en que el curso 9A se jugó el alma en la final. 


Tenía 14 años, cursaba el grado noveno; mi curso: 9A. Noveno, grado sumo de efervescencia hormonal, como peces, como lombrices marinas; survival of the featest. ¿Mi estrategia? Unirme a la franja gris, ser gris: calificaciones grises, conducta gris; estar y no estar ahí, sentarme en la mitad, hablar con los de adelante y con los de atrás, hablar un poco de nada, participar en clase una vez, no participar diez veces, participar en clase una vez, no participar diez veces. Sumémosle que hasta me quitaron el nombre, pues ese año llegó al curso otro adolescente, de nombre Andrei; así, pues, mi nombre comenzó a fluctuar entre Andrew y Andrei; en el 50 % de las ocasiones éramos intercambiables. ¡Pero yo no era Andrei, yo era Andrew! ¡Já, y eso lo decía un gris! Al menos Andrei se unió al equipo de microfútbol. Andrew no lo hizo. 


"Claro —dirán—, ¿cómo se iba a unir, si usted ni sabía jugar fútbol?”. Pues sépanse, señores jueces, que me ven de gafas y escritor sin ventas, que sí, sí sabía jugar fútbol, pero en el colegio era un gris y cuando allí me pasaban el balón, el talento me abandonaba, se me escurría. ¡Me hubieran visto en el barrio! Aunque me conocían la finta, casi siempre se la tragaban: recibo en medio campo o tres cuartos de cancha, pase de primera intención al área…pues no, era un engaño, jalo el balón atrás, autohabilitación de taco, cambio de ritmo, aceleración maradoniana, arco o habilitación al compañero (Maradona y Messi no son los más veloces, sino que controlan el cambio de ritmo a su antojo, con aceleración fulminante). El caso es que Andrei, que, a diferencia de Andrew, no se amilanaba cuando se trataba de jugar al fútbol en el colegio, se integró al equipo de microfútbol de 9A. 


El resto del equipo estaba conformado por el “líder negativo”, de que se habló en una entrega anterior, y varios de su séquito, la mayoría repitentes que, probablemente, habían ido a parar a mi colegio porque no los recibieron en otra parte. 


Pese a la expectativa que haya podido crear la referencia žižekiana más arriba (la del fútbol en el campo de concentración and so on), la final del torneo no fue así de hollywoodense: Equipo de profesores vs 9A. No. Si bien el equipo de profesores participó, fue dado de baja rápidamente. ¡Qué manes tan troncos, a lo bien! 


La final enfrentó a mi curso, el de los vagos repitentes drogadictos más Andrei, el provinciano (ah, sí, Andrei no disimulaba su origen en un tiempo en que esto se prestaba para todo tipo de burlas –menos mal que ya todo cambió, especialmente en la educación superior privada, que debemos defender para que haiga democracia)... Decía que la final enfrentó a mi curso con uno de décimo, el de los chachos, el de los chicos y las chicas play (del Sur). 


Y si eran tan play, ¿por qué jugaban un deporte del populacho como el microfútbol?... Porque eran chicos play… del Sur. También jugaban voleibol, y en voleibol nos vencieron —digo ‘nos’ porque, aún no sé por qué, en ese torneo participé incidentalmente (¡claro, tenía que ser preciso cuando perdimos, vida hp!)—; eso sí, nos ganaron con enorme dificultad y polémica, porque ya venían terapiados de la derrota en microfútbol 😈. Pa mí que el profesor que hacía de árbitro les ayudó, porque esa última bola, el último punto, no cayó dentro, fue más por alegadera que se los concedió, y nosotros, simplemente, decidimos dejarlo así. Total que solamente era voleibol. 


Pero en el Sur, querida audiencia, en el Sur, el microfútbol también es El Fútbol… 


Continuará…

¿Por qué no está emocionado? ¡Vamos a salir en televisión!



—¡Bulliciosos!— interpelaba el payaso de televisión a su audiencia en el set. 
—¡Ra!— respondía (o creo que era lo que respondía) al unísono, en un estallido de decibeles, la audiencia en el set. 

Cuando, a mis diez años, cursaba quinto de primaria, el programa El club de los bulliciosos me gustaba lo suficiente como para verlo, pero estaba lejos de ser uno de mis preferidos. Sin embargo, desde mi lugar de televidente me parecía que los niños de la audiencia, sin duda, se divertían: ¡qué ambiente de algarabía y regocijo traía el televisor a la sala de mi casa cuando transmitían El club del los bulliciosos! Con esa gritería incluso había que bajarle el volumen. 

Incrustado en una región casi prenatal de mi inconsciente, el cántico del programa aún resuena en la cabeza del empleado que esto escribe en su único día de descanso (sí, trabajo los sábados, todos los sábados; hay, queridos amigos, queridas amigas, razones suficientes para dudar de la existencia de dios o, en caso de que exista, hay razones suficientes para dudar de que su naturaleza sea benigna): 

 ♪♫¡Somos los bulliciosos, 
sí-se-ñor, 
nosotros hacemos bulla 
de lo mejor!♪♫ 

¡Cómo se divertían esos niños allá, en el set del programa! Eso creía, hasta que mi colegio llevó una representación a El club de los bulliciosos. 

Poco recuerdo del desplazamiento del colegio al set del programa. Tal vez en el bus que nos llevaba hacia allá algunos niños expresaran enorme emoción. Tal vez. Tengo la vaga memoria de que alguno mencionó que ya había estado en el programa, y que lo hizo con escaso entusiasmo. Tal vez, en un gesto de trágica ironía, lo reconvine entonces: “¿Por qué no está emocionado? ¡Vamos a salir en televisión!”. 

Lo que sí recuerdo es que nos ubicaron lejos, aunque la disposición de la tribuna permitía ver el escenario; en especial quería ver las pruebas, incluso ser elegido para participar en alguna de ellas: deslizarse por colchonetas mojadas, correr entre neumáticos sin tropezarse, mantener el equilibrio sobre un cilindro que no paraba de girar… ¡Obtener algún premio! Yo, la mejor versión de todas mis encarnaciones atrapadas en este matadero y parque de diversiones cósmico al que fuimos arrojados sin nuestro consentimiento —gracias, queridos progenitores—, lo lograría en un impresionante despliegue de mis facultades atléticas y gimnásticas (en mi colegio no dictaban ni atletismo ni gimnasia; la clase de educación física consistía únicamente en trotar en círculos por un potrero aledaño para que los convictos liberáramos un poco de la típica energía asesina del niño tras los barrotes). 

Apareció el payaso/conductor del programa. Sentí una ligera emoción, un “¡es el de la televisión!”, pero, definitivamente, la entrada en vivo del payaso palideció bastante al contrastarla con aquella que me daba el televisor.

—¡Bulliciosos!— interpeló el payaso. 
—¡Ra!— respondió la audiencia del set, ahora yo entre esa audiencia, al unísono, en un estallido de decibeles. 

A los primeros llamados del payaso/conductor del programa respondí entusiasmado; podía entender la mecánica del programa… Pero pronto me sentí agotado y aturdido. Llegado un punto, ya no sabía ni por qué gritaba ni para quién; en realidad, ya no quería gritar, ya no quería ser un “bullicioso”. 

Y es aquí cuando aparece… 

La señorita coordinadora

La señorita coordinadora era una desconocida que trabajaba en el programa y cuya deplorable labor consistía en presionar a los niños para que gritaran a su comando durante cuarenta, setenta, noventa minutos. 

Pasado un rato sin que yo gritara, de repente sentí que alguien me tomaba del brazo y me sacudía: era la señorita coordinadora. “Tiene que gritar”, me ordenó, mientras me seguía sacudiendo en gesto pasivo-agresivo… 

¡Vaya desgarramiento de uno de los velos de mi ilusión infantil! La diversión que se veía y se escuchaba a través de mi televisor cuando transmitían El club de los bulliciosos ¡no era espontánea! No lo era… Aunque parezca anacrónico o revisionista, recuerdo con claridad que tuve la sensación de que no estaba bien que una aparecida me diera órdenes con “refuerzo físico”; con tal sensación, le dirigí una mirada de descontento, por decir lo menos. A partir de ese momento la coordinadora, puedo decirlo con certeza, no me volvió, como se dice, a zarandear. 

Lo cierto es que mi ánimo terminó de decaer ante un pensamiento que entonces me llegó, y que bien podría representarse así: “Se suponía que, al menos de momento, no estábamos en el presidio. Se suponía que nos trajeron a divertirnos”. Acababa de desengañarme para siempre: el poder disciplinario, con el cuerpo en el centro del campo de batalla, operaría dondequiera que fuera. 

A esta altura, la energía me abandonó; como sentía calor y sed comencé a pasarme la mano por la frente y la cabeza en un intento por descongestionarme. Al final terminé por encerrarme en mí mismo. Desde allí escuchaba, a lo lejos, el palpitante bullicio; de cuando en cuando, el compañero de al lado me empujaba con el codo: “Grite, grite”… 

Había logrado sustraerme lo suficiente como para esperar el final sin gritar más, “pasar de agache”, pero la coordinadora aún tenía un as bajo la manga: 

“Al que no grite no se le da refrigerio”… 

Esa amenaza de campo de concentración bastó para que me viera obligado a jugarme mis últimos restos, de modo que tuve que seguir gritando a discreción, y tuve que hacerlo hasta el último minuto de la grabación. Espero que se entienda qué significaba esa amenaza para un niño en esa situación… ¡Nos habían tocado en la comida! ¡En la comida, después de tan ardua jornada de labores! 

¿Es necesario agregar que volví a casa completamente decepcionado? 

Con todo, y en vista de que la rueda ya había dado su giro, y en vista de que la televisión era en ese entonces la indiscutible reina, quise verme después en televisión. 

El programa avanzaba, avanzaba, pero nada. Hasta que en un paneo aparecí… 

“Todo rojo, despeinado y con cara de aburrido”, editorializó mi madre. 

La mano del presidio es larga, muy larga: ahora soy empleado; si no cumplo, no hay quincena… 

Pero sé que algún día seré libre. 

Desdichado el que llora...



“Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto”, dice Borges, en una de sus salidas tautológicas, que a él le quedan bien porque es Borges, pero, claro, si yo escribo algo así, ahí sí brincan y dicen que no, que paila, que qué bobada, que eso cualquiera lo sabe… Se les agradece la colaboración para sacarme de esta pobreza tan hp... ¡Todo bien!...

V. fue mi compañero recluso en mi segundo año de pena Primaria. V. era “el llorón del curso”. V., “el llorón”. Si empujaban a V., V. lloraba. Si regañaban a V., V. lloraba. Si ignoraban a V., V. lloraba. Si otro recluso despojaba violentamente a V. de sus lápices de colores, V. lloraba. Acudía a la carcelera, anegado en llanto: “¡Profe, profe, me quitaron los colores!”. “¡Ay, no!”, imprecaba la carcelera; luego, como buena experta en pedagogía, llevaba los puños cerrados a sus ojos y, ya completamente entregada al arte mimético, repetía, con voz delgada y entrecortada, mientras movía los puños hacia dentro y hacia afuera: “Profe, profe, me quitaron los colores”. 

Así es: la carcelera *arremedaba a V. Nosotros reíamos. V. lloraba. 

Pero *arremedar al llorón no le funcionaba a la carcelera: V. seguía llorando. Frustrada ante la ineficacia de esta estrategia, la carcelera ideó al fin una “solución final”. Ahora la imagino en la noche, cavilando intensamente ante su calder..., ante sus libros de desarrollo infantil, hasta dar con ese ansiado “¡Eureka!”. 

Al día siguiente, cuando V. rompió en llanto la primera de las veinte veces esperadas en la jornada, la carcelera se precipitó a tomarlo del brazo, lo arrastró a un rincón del salón, y le dijo: 

—¿Va a llorar? Pues llore. ¡Pero llore hasta que las llene! 

Dócil, insignificante, V., se dio a llorar con su cabeza inclinada sobre un par de botellas vacías de gaseosa nacional. 

Me quedé mirando a V.; la escena me pareció terrible: V. se me figuró entonces un modelo perfecto para uno de esos tétricos cuadros de "Los niños que lloran". Si han visto alguno en su vida, estoy seguro de que la imagen saltará en este momento a su mente consciente, trayendo esa atmósfera de miseria insoportable que los caracteriza... El asunto es que esto no era una pintura, sino que era mi compañero de reclusión, ahí... Aunque otros se reían diabólicamente, sentí compasió por V.... Bueno, sentí compasión por un par de minutos, antes de entregarme a alguna monería, defenderme o iniciar alguna agresión. Los niños son tiernos y delicados seres... 

La escena se repitió, recuerdo, por un par de semanas; poco a poco fue perdiendo su efecto traumático, hasta volverse un: 

—¿Dónde está V.?
—Allá, con las botellas... 

Por cierto, nunca las llenó... 

No volví a ver a V. tras el final de ese año de reclusión. 

O tal vez sí, un par de años después, iba con su familia ¡y no estaba llorando! Sin embargo, cuando lo reconocí, pensé: “Ese es V., 'el llorón'”.

domingo, 2 de agosto de 2020

"Al que no quiere caldo..."




“Al que no quiere caldo… ¡Se le dan DOS tazas!”. 

Así hablaba, con voz atronadora, el profesor H., que dictaba Matemáticas y Educación Física… Todo un renacentista, pues… 

Cursaba Cuarto de Primaria, y H. “me tenía entre ojos”, mientas que protegía a la niña que me gustaba. Desde niño se evidenciaba ya lo desbarajustado de mi brújula emocional… Esta niña le traía todos los días a H., envuelta en papel aluminio, una arepa de esmerada confección casera que enviaba su madre al carismático profesor… 

Lo cierto es que muchos querían a H., mientras que yo lo detestaba con todas mis fuerzas. Valga decir, en honor a la verdad, que pasé medio año sin hacer una sola tarea de Matemáticas, y que eso pudo contribuir a que H. proyectara sobre mí su frustración de profesor. 

Pocas veces en la vida he experimentado la sensación liberadora de que algo me valga, verdaderamente, mierda: a mis nueve años la clase de Matemáticas me dio por primera vez la oportunidad de experimentar esta sensación en todo punto acertada. La prueba está en que pasé incontables descansos haciendo esta plana —¡cincuenta veces! (castigo de la época): “Debo hacer las tareas de Matemáticas”… A todas estas, no sé por qué no me volví calígrafo… Ah, ya, por la asociación fatídica entre el castigo y la labor de escriba…



Así, pues, estaba perdiendo el año, hasta que el remordimiento me alcanzó: ¡Pobre Madre mía!… Haber traído al mundo a semejante flojo intratable y, además, cínico. Decidí reformarme al ver en los ojos de mi Madre una justa decepción, que, de no modificar el curso, sería irreparable. 

Comencé a estudiar y, con algo de esfuerzo, entendí al fin los malditos fraccionarios. Para testimonio de las naciones: se dio la transformación, quizá por alguna mediación divina (¿habrá escuchado alguien las oraciones de mi madre? ¿Existe ese "alguien"?); comencé a participar en clase; de hecho, me hice un tanto latoso, pues mantenía la mano levantada para participar y pasar al tablero; era siempre de los cinco primeros en terminar el ejercicio en clase. “¿De cuándo acá tan entusiasta de las matemáticas el vago este?”, parecían interrogar las miradas de mis compañeros, llenas de la envidia y del odio inculcados en sus santos hogares, remanso de los nobles valores colombianos… 

Llegó el día de cerrar notas. Las notas se anunciaban en el salón, públicamente; quién vive y quién muere. Yo me encontraba cerca del abismo, y no faltaba el que esperaba que me despeñara. Cuando H. llegó a mi lugar de la lista, mencionó que me “rajaba”… ¿Tiempo de buscar un método efectivo y dulcificante de suicidio infantil?... Una pausa… “Pero”… ¡Iba a tener en cuenta mi participación en clase!... La oveja descarriada había vuelto al redil ¡y ahora era salva!... No faltó —no miento— la vocecita rezongona que trató de imputar el dictamen: “Ay, pero él nunca hacía las tareas”… A esto respondió H., lacónicamente: “¿Díganme cuándo me ha fallado en un ejercicio en clase?”… "¡Cállate, asqueroso gusano, carroñero infecto!"...

Así se dio entonces mi reconciliación con H., a quien nunca volví a ver una vez finalizado ese año de reclusión escolar, y a quien tal vez un día —si aún vive— invitaré en agradecimiento un caldo servido en taza. Como acto simbólico, me tomaré dos de ellas en su presencia, y le contaré de las innumerables, de las insufribles ocasiones en que la vida se ha encargado de hacerme recordar su exasperante y, a la vez, verídico refrán.

La "feria" escolar


Un "chino" juega ping-pong

Tendría quizá once años. La Dirección General de la unidad penitenciaria había tenido a bien permitir que los reclusos organizaran una feria de toda la sección de Bachillerato, claro está, bajo la tutela de sus guardias.

La feria se distribuyó en salas: Ciencia, Artes y Juegos. Las "atracciones" eran todas rudimentarias, en Ciencias nada funcionaba, tal vez había uno que otro dibujo llamativo en Artes... 

Pero en medio de la sala de juegos, ah, casi podría decirse que resplandecía, con luz celestial, una mesa de ping-pong... Por la época, muchos reclusos solían evadirse a las salas de ping-pong, que por entonces florecieron en el sector, y así defraudar a sus amorosos padres que los llevaban al presidio para deshacerse de ellos. 

La mesa de ping-pong tenía, por tanto, un encanto adicional a los inherentes al juego: era el encanto de lo prohibido. ¡Poder incurrir en la misma práctica subversiva que los héroes vagos del colegio!... 

La fila que se formó para acceder a la mesa de ping-pong se extendía tan larga como mi expectativa. Jamás había jugado ping-pong, pero, en mi representación infantil, mientras veía pasar las estaciones y mi vida en la fila, me imaginaba como un maestro chino de tennis de mesa. Si uno vencía a su oponente, podía continuar jugando; de lo contrario, era retirado como basura por los guardianes auxiliares de grado once, que rapaban la raqueta al perdedor y lo desplazaban con la tosquedad que brinda un mínimo de "autoridad", ratificando con ello la validez del experimento de Standford*: "¡Ya, quite, muévase!"...




Ah, no, pero eso no ocurriría conmigo: ¡yo vencería!... 

La fila avanzaba lentamente. Lentamente. Len-ta-men-te... 

Llegó mi turno. Ni siquiera sabía cómo tomar la raqueta... Ni siquiera me dejaron servir... Del otro lado, un estudiante de décimo ―de seguro asiduo visitante de las salas prohibidas de ping-pong― me lanzó, sin mediar palabra, tres servicios que me fulminaron... "Pero déjeme yo saco", alcancé a reclamar, creo. "Ya. Sigue otro", me respondió alguno de los guardias auxiliares mientras me retiraba. ¿¡Ya!?... 

Y fue así como "jugué" ping-pong dentro de esta máquina de producción de frustración en serie montada por mis propios compañeros de presidio, supongo que para cumplir alguna meta implícita; algunos de ellos, recuerdo, no se tomaban la molestia de disimular un esbozo de sádica sonrisa cómplice cuando nos tiraban al sector de los desechos procesados, especialmente a los más pequeños. El montaje, con todo, fue perfecto, pues ninguno de nosotros pudo alegar que se nos hubiera negado la "oportunidad" de “disfrutar” del juego...

Algo así (es lo más cercano en memes)

No sé al día de hoy cómo habrá sido el "balance" de la feria presentado por la Dirección penitenciaria, pero de seguro se dio parte de "éxito". De haberla vivido hoy, saldría en una foto sosteniendo torpemente la raqueta, acompañado de una leyenda por este corte: "Diversión sin límites para nuestro personal en la mesa de ping-pong de la exitosa feria".

* El experimento de la cárcel de Stanford es un conocido estudio psicológico acerca de la influencia de un ambiente extremo, la vida en prisión, en las conductas desarrolladas por el hombre, dependiente de los roles sociales que desarrollaban (cautivo, guardia). Fue llevado a cabo en 1971 por un equipo de investigadores liderado por Philip Zimbardo de la Universidad de Stanford. Se reclutaron voluntarios que desempeñarían los roles de guardias y prisioneros en una prisión ficticia. Sin embargo, el experimento se les salió pronto de las manos y se canceló pasada la primera semana.

sábado, 1 de agosto de 2020

Nuestro primer y último intento de sindicalización




Me encontraba en grado octavo, tenía trece años y estudiaba en un colegio privado estrato tres con ínfulas de seis y recursos del uno. Este fue un año especialmente traumático para mí por situaciones familiares y por el hecho general de que, justo en esa etapa de la vida, el cerebro de flan del prospecto de humano que todos somos entonces se estaba retorciendo entre un caldo de hormonas, las primeras drogas endógenas de la sexualidad. Me revolvía, pues, en el tormento de existir, al que ahora se sumaba el de comenzar a sentir, de forma inconsciente, que en nosotros se agita la posibilidad de traer a este parque de diversiones y matadero cósmico a otro desdichado, hecho a nuestra imagen y semejanza. 

Nos enteramos de que el "héroe" del colegio, W..., un muchacho "entrado en años" para estar en grado once, fumador y protagonista de varias leyendas, sería expulsado. 

G..., la primera —y tal vez la última— activista que conocí en mi vida nos informó de la situación: la expulsión del viejito era irrevocable, a menos que... 

Al siguiente día todos los del curso llegamos (con excepción de los lambones de siempre) sin útiles escolares. Ante los reclamos de la profesora que tuvo que enfrentar a la primera hora esta "rebelión", G... tomó la vocería y declaró nuestro propósito: no permitiríamos que W... fuera expulsado y consecuentemente recluido en el geriátrico. 

La profesora escuchó, no se alteró, salió un momento del salón, seguramente para consultar con sus colegas, y volvió con la siguiente notificación: todos tendríamos cero en todas las materias que se vieran en el día. 

G..., valientemente, se puso de pie y, con cierta solemnidad, se manifestó así: 

— Yo soy la responsable, yo propuse que hiciéramos esto; póngame el cero solo a mí. 

La profesora, sin inmutarse, le respondió: 

— Cada uno de ellos decidió hacerle caso: todos los que no trajeron los útiles deben responder. 

Comenzamos a cruzar entre todos caras de consternación. Se hizo silencio. G..., derrotada, volvió a sentarse, solo que ahora algunos la miraban con un gesto que bien podría traducirse de esta manera: "¡Ah, sí ve!"... 

Fue así como se disolvió nuestro primer y último intento de sindicalización... 

Siento que, desde entonces, poco ha cambiado.

El líder negativo




Estudiaba en un colegio privado de medio pelo. Recuerdo que en grado noveno, en una "convivencia", hicieron pasar adelante a quienes los compañeros consideraran "líderes" de cada curso. Por unanimidad, uno de los que pasó al frente fue un muchacho de mi curso (que, ahora que lo recuerdo, tenía más edad que el resto de sus pares, quizá dos años más); se le sumaron otras caspas de otros cursos.

Allí, frente a las miradas del resto del personal recluso de bachillerato, mi compañero decidió sentarse. Al poco tiempo, los demás "líderes" comenzaron a sentarse, sí, como en una reacción en cadena. Una vez que estuvieron sentados todos, los "psicólogos" se apresuraron a dictaminar: "He ahí al líder de todos... pero es el líder negativo" 😈. 

"¡Líder negativo!"... ¡Caerle encima, ante todos sus compañeros, con semejante rótulo estigmatizador, a ese puberto cerebro de flan (el desarrollo cerebral termina a los 21 años)! No digo que fuera una "inocente criatura", pero me quedan dudas sobre lo adecuado que pudo ser ese manejo de la situación en una "convivencia".

Con todo, mi compañero supo tomarlo con humor —tal vez no le quedaba de otra—, pues al siguiente día de clases, cuando se presentó en el salón, hizo su entrada diciendo en voz alta: "¡Saluden a su líder negativo!".

Nadie quería ser enviado a donde "la culebra"




En la década de 1980, los profesores, incluso los de los parvularios, podían fumar tranquilamente en las aulas. Así recuerdo, con un cigarrillo en los labios y su característico gesto de amargura, a mi profesora de Prekinder y Kinder, a quien bien podría llamar "Martha, la desalmada"... Lo cierto es que he madurado, y ya no juzgo a esa vieja inmunda.

Cuando estábamos demasiado inquietos, Martha nos amenazaba con llevarnos a donde "la culebra". Nunca me llevaron allí, pero siempre me causó curiosidad saber qué era eso de "la culebra"; en mi desbordada imaginación infantil me representaba un ser de dimensiones monstruosas.

Un día, no recuerdo cómo ni por qué, uno de los compañeros más inquietos me fue llevando por los corredores del presidio de párvulos hasta que dimos con un cuarto oscuro, donde se hallaban varios frascos, llenos de líquido (formol, pero eso no lo sabía entonces), dentro de los que se encontraban suspendidas diferentes criaturas. ¡Y entre ellas había en realidad una pequeña serpiente!

El compañero me dijo, en voz baja y temerosa: "Vea, esta es la culebra". Salí corriendo, atemorizado, de ese tétrico cuarto oscuro.

Lo que me inquieta ahora no es que el lugar contara con este "museo" macabro, pues podría servir a algún propósito de aprendizaje, sino que conjeturo que, en algún momento, las profesoras hicieron un acuerdo tácito: "Niño que esté jodiendo de a mucho, niño que llevamos al cuarto y lo espantamos con la culebra".

¿Estamos ante un caso de "aprendizaje basado en la experiencia (traumática)"?

 


Servicio sociopolicial en Colombia





Hace poco recordé que cuando prestábamos el servicio social durante el bachillerato (servicio social, no militar), en la policía (no se podía elegir, ese era el convenio del colegio y requisito para graduarse), nos hacían formar en escuadra, marchar, responder “¡Sí, mi primero!" y cosas por el corte... Era un servicio social, ¿por qué intentaban militarizarnos? No le encuentro justificación alguna. 

Dirá cierto tipo de papá o tío: "Pues no está mal que les hubieran enseñado un poco de disciplina, que eso les sirve para la vida" ("Tampoco estaría mal que usted tuviera la amabilidad de morirse; mire que se está necesitando espacio", le respondería yo, guardando las buenas y debidas maneras). 

No faltó el compañero que "siguió la carrera" a partir de esa experiencia, y es que muchos jóvenes, como lo muestra la película La ola, son susceptibles de ser condicionados de esa manera, fácilmente acatan porque están en la búsqueda de cimientos para su personalidad; la institución, con sus rituales gregarios y robóticos, tiene una estructura totalmente afianzada que hace sentir al muchacho "parte de algo". 

¿Me pregunto si no fue esto una especie de abuso?
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